Pasaban los días, y esa extraña
sensación de soledad llenaba cada vez más su corazón, le dolía saber que ya no
le pertenecían sus caricias, sus dulces miradas, su caluroso aliento sobre su
cuello, el roce de sus suaves dedos sobre su cuerpo.
Ya era tarde, no se había dado cuenta
de lo que sucedía, se olvidada de ella.
Estaba dejando atrás a quién más
amaba, a la persona que había dado todo para que fuera feliz, para sacarle esa
sonrisa cada mañana con un simple:
- - “Buenos días mi sol, abre la ventana y
sonríe”.
Fueron tantos los momentos en los que
ella se preocupó de él que ya no le hacía caso, se había aburrido de
escucharla, añorarla, abrazarla, pero no decía nada por temor a romperle el
corazón.
Tenía miedo de dañarla, de hacerla
llorar, aún la quería, pero no como antes, todo lo que había vivido y sentido
por ella se lo había llevado ese viento de otoño.
Ella se daba cuenta de que no era lo
mismo, no estaba feliz, ya no le sacaba esa sonrisa cada mañana, decidió poner
un paréntesis en su vida y dejarlo ir, un
“lo siento, no puedo seguir queriéndote” dicho entre un mar de lágrimas que él
no era capaz de limpiar, tampoco llegó ese abrazo que ella tanto necesitaba,
simplemente un simple y frió adiós fue
lo único que salió de sus labios.
Iban pasando los días, semanas y meses
pero, cada mañana al levantarse, él miraba su móvil esperando volver a ver su
mensaje, pero ya no estaba. Era un simple mensaje, pero el cuál le alegraba el
día y lo había perdido.
Se sentía mal, pero ya era tarde, ella
ya no estaba a su lado, él ya no tenía esa dulce voz, esos ojos grandes
azulados que lo miraban cariñosamente, esas suaves manos que cada día rozaban
su barbilla cuando ella lo iba a besar. Sentía un vacío en su corazón incapaz de ser cubierto y el
recuerdo de haber perdido lo que más quería por no darle el tiempo que se
merecía.
Nunca volvió a recibir ese simple pero
cariñoso mensaje que tanto llegó a extrañar, ese “buenos días mi sol, abre la
ventana y sonríe”.